Quiero compartir algo nada insignificante que sucedió en Soria hace algunos años. Tuve el privilegio de poder ponerlo por escrito y de que Cruz Roja la eligiera para encabezar el libro Historias de Oro editado en 2007. Espero que lo que a continuación se relata toque tu alma como tocó la mía.
Dedicado a todos los voluntarios y
voluntarias de seguimiento
del proyecto de Teleasistencia Domiciliaria
de Cruz Roja Española en Soria.
Se cuenta que un día dejó de salir
de casa. Si se le pedían razones, ella respondía que simplemente ya no tenía
nada que hacer en la calle. Aunque todos sabemos que las cosas, por lo general,
no acostumbran a ser tan simples. Cuesta imaginar porqué una mujer, todavía en
edad de pasear y de comerse unos churros con chocolate en alguna cafetería mientras
alterna con sus amigas, decide ver pasar los días a través de los cristales de
la ventana.
Y los días pasaron. ¡Vaya si
pasaron! Apenas tardaron en convertirse en meses para luego transformarse en
años. Y se cuenta que todo aquel largo tiempo ella lo pasó en bata y
zapatillas.
No faltaron las visitas, amigos,
vecinos y parientes lejanos que poco a poco, a lo largo de tantos años de
encierro, se fueron volviendo más escasos. Ya se sabe: cosas de la vida y de la
muerte. En aquellas ocasiones, mojando una galleta en el descafeinado con
leche, siempre alguien comentaba lo bonita que había quedado la plaza con el
nuevo pavimento, o hablaba de cómo lucía la iglesia después de la restauración.
Y a continuación dejaba caer un “tendrías que verlo”, anzuelo lanzado con
esperanza y buena voluntad, anzuelo que nuestra cautiva nunca mordía.
Se cuenta que, respondiendo una y
otra vez lo mismo cada vez que alguien la animaba a cruzar el umbral de su casa,
esos “tendrías que verlo” fueron perdiendo frecuencia y esperanza, hasta que acabaron
extinguiéndose, como también se extinguieron las visitas. Ya sólo la soledad y
sus recuerdos la acompañaban cuando, a media tarde, mojaba las galletas en el
descafeinado con leche y veía pasar la vida a través de los cristales de la
ventana.
Por aquel entonces, según se cuenta,
nuestra anciana era ya muy anciana y convivir con la soledad se le hizo
demasiado difícil y peligroso. Afortunadamente, alguien le había hablado hacía
tiempo de la Teleasistencia Domiciliaria. Así que un día cogió el listín y la
lupa con la que leía la letra demasiado pequeña para sus ojos cansados y marcó
el número de la Cruz Roja.
A su casa llegó un extraño teléfono
preparado para atender cualquier emergencia. Y se colgó al cuello un medallón
tan prodigioso que con sólo apretar un botón una voz amable la saludaba por su
nombre. Y se cuenta que a su casa un día legó una voluntaria. Le dijo que de
vez en cuando la visitaría y que, si ella quería, con gusto la acompañaría a
dar un paseo por donde más le placiera.
Fueron muchos los descafeinados con
leche en los que aquella voluntaria mojó tantas galletas como veces le dijo a
la anciana que algún día tendrían que salir a dar un paseo. Pero nada parecía
poder rescatar a nuestra cautiva de su encierro.
Se cuenta que entre aquellas dos
mujeres nació ese cariño que da el roce de muchos encuentros. Y, ya se sabe: el
cariño trae confianza. Y la confianza, osadía. Así que un día, osadamente, la
voluntaria le dijo que, en la próxima visita, esperaba encontrarla vestida y con
ganas de salir a la calle. Que si no era así, pediría que le asignaran a otra
voluntaria y nunca más volverían a verse.
Con qué fuerza debió de pronunciar la
voluntaria su amenaza que, como si estuviese hecha de palabras mágicas, consiguió
romper el hechizo.
Era una cálida tarde de primavera,
la tarde perfecta que todos desearíamos para el desenlace de esta historia. El
viento que a veces suele estropear los paseos vespertinos decidió no hacer acto
de presencia. Todo lucía y relucía ante los ojos atónitos, como de niña, de
aquella mujer tan vieja que avanzaba con dificultad, paso a paso, agarrada al
brazo de su amiga voluntaria.
Y se cuenta que así fue, con
dificultad, paso a paso, que llegaron al gran parque. Y los ojos de niña de aquella
anciana se llenaron de lágrimas. “Los árboles…”, decía, “Los árboles…”. Y
repetía, mirando a todas partes: “Los árboles…”
La voluntaria quiso saber qué
ocurría con los árboles. Y ella, con dificultad, palabra a palabra, respondió:
“Eran pequeños, tan pequeños como yo, y míralos ahora”.
Desde aquel día hasta hoy, la
anciana acude al parque siempre que el tiempo lo permite. Al no poder
acompañarla la voluntaria todos los días, decidió contratar a una mujer para
que se ocupase diariamente de su soledad y de sus paseos. Y se cuenta que, desde
aquella tarde, la voluntaria llega muchas veces a su casa y ya no la encuentra.
Entonces va al parque y la ve sentada junto a su cuidadora, conversando animadamente
con unos y con otros bajo la imponente presencia de los árboles.
Se cuenta que aquel hecho asombroso ocurrió
así. Nadie lo vio, excepto sus protagonistas. Milagros como éste ocurren todos
los días sin que nadie los vea, aunque nadie los cuente. Pero el que os acabo
de narrar a mí me lo contó Pruden, la voluntaria. Al contármelo, sus ojos y
todo su rostro se iluminaron.