Una mañana de
primavera, un joven artesano decidió subir a las montañas a visitar a un
anciano adivino que allí vivía.
Al llegar a la
humilde cabaña donde moraba el sabio tuvo que esperar, pues su fama era grande
y muchos eran los que a él acudían. Tras unos minutos de íntima plática, todos
salían sonrientes, y felices emprendían el camino de regreso.
Llegado su momento,
el joven
recibió del anciano sabios consejos. Antes de marchar, el artesano
le pidió al adivino un vaticinio.
-En tu regreso a casa
encontrarás un tesoro- le anunció.
Sonriente, el joven salió de la cabaña y emprendió, lleno de
ilusión, su camino.
Al día siguiente,
cuando más de veinte personas aguardaban para oír las sabias palabras del
maestro, el joven artesano, visiblemente airado, irrumpió en el lugar.
-¡Que nadie crea a
este viejo!- gritaba enfurecido. -¡No es sabio ni adivino: es sólo un farsante!
Atraído por el alboroto,
el anciano se asomó a la única ventana de su cabaña.
-¿Qué te ocurre, muchacho?-
le preguntó serenamente.
-Pues que tu
vaticinio de ayer resultó ser un engaño. ¡No encontré ningún tesoro en mi
camino de regreso! Busqué entre la hierba, busqué entre las flores, incluso me
encaramé a un árbol para ver si el tesoro estaba en el nido de un pájaro, pero allí
sólo hallé unos polluelos que acababan de romper el cascarón. Entonces estalló
una tormenta. Cuando un campesino me ofreció refugió en su casa, pensé que tal
vez allí estaría mi tesoro… ¡Pero sólo encontré un triste plato de sopa y un pequeño
fuego donde secar mi ropa! Al retomar la marcha miré dentro de todos los
charcos, donde nada hallé sino el reflejo del cielo. Al llegar a mi aldea ya no
me quedaba ni un ápice de ilusión. Las lágrimas corrían imparables por mis
mejillas. Entonces tuve que sentir la humillación de que así me encontrara mi
hijo, que en aquel momento salía de la escuela en compañía de otros niños del
pueblo. Su alegría infantil se nubló cuando halló a su padre llorando por la
frustración. Juntos regresamos a casa, donde mi esposa, con nuestra pequeña
recién nacida en brazos, nos esperaba. Y aunque ella me quiso consolar con
palabras cariñosas y tiernos besos, de nada sirvió. ¡Ni siquiera pude comer la deliciosa
cena que con tanto amor ella me había preparado!
El anciano había
escuchado atentamente las palabras del joven artesano.
-Tienes razón-
contestó, para sorpresa de todos. –Me equivoqué cuando te dije que en tu regreso
a casa encontrarías un tesoro pues, por lo que me acabas de contar, ayer no te
topaste con uno, sino con muchos. Si tú no supiste verlos, no me eches a mí la
culpa.