martes, 9 de julio de 2013

Tesoros (cuento para pensar)

Una mañana de primavera, un joven artesano decidió subir a las montañas a visitar a un anciano adivino que allí vivía.

Al llegar a la humilde cabaña donde moraba el sabio tuvo que esperar, pues su fama era grande y muchos eran los que a él acudían. Tras unos minutos de íntima plática, todos salían sonrientes, y felices emprendían el camino de regreso.

Llegado su momento, el  joven  recibió del anciano sabios consejos. Antes de marchar, el artesano le  pidió al adivino un vaticinio.

-En tu regreso a casa encontrarás un tesoro- le anunció.

Sonriente, el  joven salió de la cabaña y emprendió, lleno de ilusión, su camino.

Al día siguiente, cuando más de veinte personas aguardaban para oír las sabias palabras del maestro, el joven artesano, visiblemente airado, irrumpió en el lugar.

-¡Que nadie crea a este viejo!- gritaba enfurecido. -¡No es sabio ni adivino: es sólo un farsante!

Atraído por el alboroto, el anciano se asomó a la única ventana de su cabaña.

-¿Qué te ocurre, muchacho?- le preguntó serenamente.

-Pues que tu vaticinio de ayer resultó ser un engaño. ¡No encontré ningún tesoro en mi camino de regreso! Busqué entre la hierba, busqué entre las flores, incluso me encaramé a un árbol para ver si el tesoro estaba en el nido de un pájaro, pero allí sólo hallé unos polluelos que acababan de romper el cascarón. Entonces estalló una tormenta. Cuando un campesino me ofreció refugió en su casa, pensé que tal vez allí estaría mi tesoro… ¡Pero sólo encontré un triste plato de sopa y un pequeño fuego donde secar mi ropa! Al retomar la marcha miré dentro de todos los charcos, donde nada hallé sino el reflejo del cielo. Al llegar a mi aldea ya no me quedaba ni un ápice de ilusión. Las lágrimas corrían imparables por mis mejillas. Entonces tuve que sentir la humillación de que así me encontrara mi hijo, que en aquel momento salía de la escuela en compañía de otros niños del pueblo. Su alegría infantil se nubló cuando halló a su padre llorando por la frustración. Juntos regresamos a casa, donde mi esposa, con nuestra pequeña recién nacida en brazos, nos esperaba. Y aunque ella me quiso consolar con palabras cariñosas y tiernos besos, de nada sirvió. ¡Ni siquiera pude comer la deliciosa cena que con tanto amor ella me había preparado!

El anciano había escuchado atentamente las palabras del joven artesano.


-Tienes razón- contestó, para sorpresa de todos. –Me equivoqué cuando te dije que en tu regreso a casa encontrarías un tesoro pues, por lo que me acabas de contar, ayer no te topaste con uno, sino con muchos. Si tú no supiste verlos, no me eches a mí la culpa.

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