lunes, 8 de julio de 2013

Nada hay que sea más urgente que vibrar en Alegría.

Nada hay que sea más urgente que vibrar en Alegría. Y, sin embargo, demasiadas veces nos regodeamos con complacencia en las malas vibraciones: rencores, remordimientos, reproches, envidias, desconfianzas, violencia… Miedos… MIEDO...

Pero ¿cómo podemos pretender, entregándonos cotidianamente y sin pudor a la antítesis del Amor, ni tan siquiera acercarnos a la anhelada Alegría? Aunque la paradoja es que todos los caminos llevan, tarde o temprano, hasta ella… Incluso los más dolorosos, aquellos que transitan por la distorsión de un mundo perfecto disfrazado de valle de lágrimas y cuyos ambagiosos caminos se vuelven, a veces, peligroso laberinto. 

La Alegría es la alta cumbre desde donde se vislumbran y se abrazan todos los caminos recorridos, La Alegría es la música sagrada  del Amor, su sublime perfume, su más tierna caricia, su delicioso dulzor, su transmutador destello.

Por eso nada, absolutamente nada es más urgente para esta partícula holográfica de Dios que cada uno de nosotros es que vibrar en Alegría. Y digo Alegría, no insustancial dicha pasajera. Y al decir Alegría me refiero a un estado vibracional  elevado al máximo en el que todo parece estar en su sitio. Esa patria a la que todos deseamos pertenecer (y a la que inevitablemente pertenecemos) es la Alegría.  Para acceder a ella, entreguémonos con todo nuestro ser  a la suprema tarea de vivir la Vida con aceptación (que no resignación), sin etiquetar, sin discriminar, sin adjetivar: sencillamente, VIVIR… Sencillamente.

Es entonces y sólo entonces cuando empieza a adueñarse de nuestro ser un sutil estremecimiento que, si se lo permitimos, algún día será éxtasis… Como la semilla será árbol, como la brisa será huracán, como la auténtica inspiración será obra maestra.

La Alegría nos acerca a Lo que es, a Lo que somos. Es nuestra auténtica identidad… Pero acaso sea también nuestra identidad secreta, nuestra recóndita identidad que anhela ser expresada dentro de un ser cautivo de las sombras que demasiadas veces ha dejado de creer en la Luz. Y esa Luz es, precisamente, otro nombre de la Alegría.

Cuando nos permitimos ser auténticamente quienes somos, ocurre ese milagro que habíamos estado esperando  vida tras vida. Podríamos decir que es como si volviera la luz tras un apagón que se nos hizo eterno. Y es que cuando vibramos alegres, somos uno con la Luz,  Lo que Somos y Lo que Es se fusionan en un abrazo incandescente y, entre descontroladas carcajadas infantiles, al fin reconocemos que el Universo nunca nos fue hostil.


Y porque nada hay que sea más urgente que vibrar en Alegría, permítete hacerlo. ¡Ahora!

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