Esta es una historia de aquellos tiempos en
los que a las niñas se les enseñaba a coser y a los niños a pelear en la calle.
Era costumbre en el lugar donde ocurrió que
las niñas, desde muy pequeñas, bordaran con hilos de hermosísimos colores
maravillosas mantelerías en las que reflejaban sus sueños, sus anhelos, sus
esperanzas y todas sus ilusiones
La muchacha que protagoniza esta historia así
lo hizo, como lo hacían todas las otras niñas, como lo habían hecho todas las
mujeres, incluso las más ancianas del lugar. Y todas bordaron sus mantelerías
con la misma intención: poder vestir de hermosura sus hogares cuando llegaran
las grandes ocasiones.
Pero a la protagonista de esta historia, el
día de su boda no le pareció un buen momento para estrenarla.
-En las bodas la gente brinda y se
emborracha. Podrían mancharla.
Llegaron sus primeras navidades junto a su
esposo. Pero, aunque él insistió, ella no cedió ante la idea de utilizar la
mantelería en la que había invertido tantísimas horas de trabajo.
-Si las usáramos estas navidades, seguro que
para las siguientes tendrían alguna mancha que el jabón y mis manos no habrían
podido quitar.
Tampoco la usó cuando nacieron sus dos hijos,
ni cuando llegó la más pequeña, una muñequita de mejillas sonrosadas:
-Los dulces con los que se festejan los
nacimientos dejan manchas horribles. Y qué decir del café y los licores.
Los chicos crecieron y también ellos se
casaron con muchachas que habían bordado hermosas mantelerías. Y ni en esos
momentos tan trascendentales la sacó del arcón en la que la guardaba.
-¿Por qué tendría yo que ensuciar la mía? Es
mucho mejor que sea la novia la que vista la mesa de su banquete. Al fin y al
cabo, este es su gran día.
Y podríamos pensar que la boda de su
princesita iba a ser la ocasión en la que aquella terca mujer se decidiera a
estrenar el mantel, pero no fue así.
-¿Cómo podría una madre querer robarle el
protagonismo a su hija en un día como éste?
No hubo cumpleaños, aniversario ni festejo
que para ella mereciera la presencia de su obra tan preciada. Y así fueron
pasando los años. Y a aquella mujer le llegó la muerte.
Su familia, sin dudarlo, decidió amortajarla
con aquella tela bordada a la que tanto quería. Pero cuando fueron a coger la
tela del arcón, ésta se negó a abandonar su cárcel.
-¿Por qué iba a querer yo ser la mortaja de
quien no me consideró digna ni de bodas, ni de bautizos ni de ningún gran
acontecimiento familiar? ¡Mejor sería que nunca me hubiera bordado!
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