lunes, 2 de diciembre de 2013

El mantel de los sueños

Esta es una historia de aquellos tiempos en los que a las niñas se les enseñaba a coser y a los niños a pelear en la calle.
Era costumbre en el lugar donde ocurrió que las niñas, desde muy pequeñas, bordaran con hilos de hermosísimos colores maravillosas mantelerías en las que reflejaban sus sueños, sus anhelos, sus esperanzas y todas sus ilusiones
La muchacha que protagoniza esta historia así lo hizo, como lo hacían todas las otras niñas, como lo habían hecho todas las mujeres, incluso las más ancianas del lugar. Y todas bordaron sus mantelerías con la misma intención: poder vestir de hermosura sus hogares cuando llegaran las grandes ocasiones.
Pero a la protagonista de esta historia, el día de su boda no le pareció un buen momento para estrenarla.
-En las bodas la gente brinda y se emborracha. Podrían mancharla.
Llegaron sus primeras navidades junto a su esposo. Pero, aunque él insistió, ella no cedió ante la idea de utilizar la mantelería en la que había invertido tantísimas horas de trabajo.
-Si las usáramos estas navidades, seguro que para las siguientes tendrían alguna mancha que el jabón y mis manos no habrían podido quitar.
Tampoco la usó cuando nacieron sus dos hijos, ni cuando llegó la más pequeña, una muñequita de mejillas sonrosadas:
-Los dulces con los que se festejan los nacimientos dejan manchas horribles. Y qué decir del café y los licores.
Los chicos crecieron y también ellos se casaron con muchachas que habían bordado hermosas mantelerías. Y ni en esos momentos tan trascendentales la sacó del arcón en la que la guardaba.
-¿Por qué tendría yo que ensuciar la mía? Es mucho mejor que sea la novia la que vista la mesa de su banquete. Al fin y al cabo, este es su gran día.
Y podríamos pensar que la boda de su princesita iba a ser la ocasión en la que aquella terca mujer se decidiera a estrenar el mantel, pero no fue así.
-¿Cómo podría una madre querer robarle el protagonismo a su hija en un día como éste?
No hubo cumpleaños, aniversario ni festejo que para ella mereciera la presencia de su obra tan preciada. Y así fueron pasando los años. Y a aquella mujer le llegó la muerte.
Su familia, sin dudarlo, decidió amortajarla con aquella tela bordada a la que tanto quería. Pero cuando fueron a coger la tela del arcón, ésta se negó a abandonar su cárcel.

-¿Por qué iba a querer yo ser la mortaja de quien no me consideró digna ni de bodas, ni de bautizos ni de ningún gran acontecimiento familiar? ¡Mejor sería que nunca me hubiera bordado!

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